Foro de las ciudades. Las cuatro dimensiones de los territorios (II): espacio y tiempo.
Kant y, posteriormente, Einstein, lanzaron al mundo, ya hace muchos años, la idea de que el espacio y el tiempo no son condiciones en las que vivimos, sino modos en los que pensamos.
Y, para pensarlos, lo primero que uno debe hacer es comprenderlos.
EL ESPACIO y el baile de la gobernanza
El espacio es donde ocurren las cosas. Podemos llamarlo ciudad, municipio, comunidad, comarca, región, territorio, … Pero, cuando hablamos de transformación, innovación, gobernanza o planificación estratégica, las fronteras administrativas no siempre son suficientes para explicar cómo funciona realmente un lugar.
La vida cotidiana, la actividad económica, el talento, la movilidad, los cuidados, la cultura o el conocimiento no se organizan siempre siguiendo esas líneas. Muchas veces, los territorios reales se construyen a partir de relaciones, flujos, dependencias y proyectos compartidos que superan los límites administrativos. Por eso, hablar de espacio implica hablar de un conjunto de lugares que forman parte de una misma realidad territorial y que debe servir para establecer objetivos, ordenar competencias, gestionar recursos y definir responsabilidades.
Es aquí donde aparecen los primeros desafíos:
qué debe dejarse en manos del territorio administrativo y qué cuestiones deben dejarse para esos “territorios-red” (basados en redes que pueden no coincidir total o parcialmente con las delimitaciones administrativas) que cuentan con una geometría variable, dado que se dibujan de distintas formas según el propósito y pueden solaparse entre sí;
desde qué unidad territorial ya existente parte la iniciativa de estos “territorios-red” (municipios, comarcas, provincias, …) e, incluso, ¿son realmente territorios estas nuevas realidades?;
cómo determinar los criterios para la definición de esos “territorios-red”, siendo necesario un conocimiento o mapeo del presente del territorio y de los potenciales componentes del “territorio-red” (con sus características y potencialidades) y del futuro que quiere construir;
en cuántos de esos “territorios-red” conviene participar, dado que un mismo lugar puede formar parte de varios a la vez y con distinta intensidad, lo que hace necesario el establecimiento de mecanismos de priorización;
cuál es el número óptimo de “territorios-red” que debe existir y con qué grado de diversidad, ya que si esos territorios-red nacen de la integración de potencialidades o capacidades singulares o especialmente relevantes, hasta dónde debe llegar esa integración para que permita hacer un “territorio-red” fuerte y, sobre todo, diferencial y no un conjunto de “territorios-red” similares y compitiendo por lo mismo.
y, cómo deben organizarse esos “territorios-red” para que todas las partes aporten adecuadamente al proyecto compartido pero, a la vez, generen nuevo valor.
Algunos de estos desafíos deben resolverse por parte del territorio administrativo, pero otros por los “territorios-red” que aparecen o por los miembros que lo componen.


Esta mirada conecta directamente con el urbanismo 4D. Si tradicionalmente se ha pensado el urbanismo desde las dimensiones físicas del espacio, hoy es necesario incorporar de forma explícita la dimensión temporal, que obliga a pensar la implementación y los tiempos como parte del diseño.
Y, de hecho, esto ya está ocurriendo. Existen redes de ciudades, grupos de trabajo, programas territoriales, alianzas entre administraciones, proyectos de colaboración público-privada y estrategias que intentan pensar el territorio desde una lógica más amplia. Hay una conciencia creciente de que muchos retos no pueden resolverse desde una escala única ni desde una mirada fragmentada.
Sin embargo, las fronteras administrativas siguen pesando mucho en la forma de planificar, financiar, decidir y ejecutar y no basta con reconocer que un “territorio-red” funciona como sistema. Hay que construir nuevas “estructuras” que permitan tomar decisiones de forma coherente con esa realidad.
Esto requiere tener claro hacia dónde quiere ir cada espacio. Y, sobre todo, qué tipo de espacio quiere ser. No es lo mismo uno que aspire a ser referente en creación y gestión del conocimiento que uno que quiere reforzar su posición en la industria alimentaria, en el sector servicios o en la transición energética. Esa definición no puede hacerse sólo desde una marca o desde un relato aspiracional, sino que tiene que estar conectada con las capacidades reales de dicho espacio.
Saber “qué quiero ser de mayor” implica entender qué soy hoy, qué puedo llegar a ser y qué decisiones tengo que tomar para acercarme a ese horizonte. También implica reconocer que no todos los componentes dentro de un mismo espacio tienen que desempeñar el mismo papel. La cuestión no es homogeneizarlo, sino definir cómo se complementan sus partes y cómo se construye un proyecto desde lo común y lo diverso.
EL TIEMPO y el compás de la acción pública
El tiempo es el ritmo con el que ocurren las cosas. Y, si el espacio permite entender dónde suceden, el tiempo permite entender cuándo, con qué velocidad, durante cuánto tiempo y con qué capacidad de permanencia. Porque una ciudad, un municipio o un territorio no se transforma sólo por tener una visión clara de hacia dónde quiere ir. Se transforma cuando esa visión encuentra una forma concreta de avanzar.

Resulta especialmente interesante incluir en esta perspectiva al espacio virtual o a los “no espacios” que están ganando un protagonismo creciente y se han convertido en un lugar donde muchas personas desarrollan parte de su vida profesional, relacional y creativa. Esto no elimina la importancia del territorio físico, pero sí obliga a ampliar la mirada. Hoy, un espacio también se define por su capacidad para conectar personas, conocimiento, servicios y oportunidades más allá de la presencia física.
Durante mucho tiempo, la planificación territorial ha estado muy vinculada a los grandes planes a largo plazo. Y éstos son necesarios para saber hacia dónde ir y no quedar a merced de las urgencias. Pero el largo plazo, por sí solo, ya no es suficiente. Porque las necesidades de la ciudadanía, los cambios tecnológicos, las dinámicas económicas y las formas de trabajar avanzan a una velocidad que no siempre encaja con los tiempos tradicionales de la administración. Y ahí es donde entra en juego el equilibrio entre el largo plazo, y la capacidad de acción en el presente.
Por eso, los quick wins tienen cada vez más sentido en la gestión pública, puesto que permiten activar una transformación, generar confianza y que la ciudadanía vea que las cosas pasan, probar una hipótesis o hacer que la administración aprenda haciendo. Un quick win bien planteado no sustituye a un plan estratégico, pero puede hacer que ese plan empiece a existir de verdad.
La clave está en que lo rápido no sea superficial. Un “quick win” no debería medirse únicamente por su visibilidad, sino por su capacidad para abrir camino. Ahí es donde la velocidad de implementación se convierte en una cuestión estratégica. No todo debe ir rápido, pero todo debería tener claro su ritmo. Hay decisiones que necesitan consenso, regulación, financiación y madurez institucional. Hay otras que pueden empezar antes, precisamente para generar información, confianza y capacidad. El problema no es tardar; el problema es no saber por qué se tarda. Y el problema tampoco es acelerar; el problema es acelerar sin criterio.
Por eso es importante distinguir entre establecer guidelines y elaborar planes a largo plazo. Las guidelines permiten orientar la acción con criterios claros. Ayudan a que distintos actores puedan tomar decisiones coherentes sin tener que esperar siempre a una instrucción cerrada. Son útiles cuando un territorio necesita avanzar con cierta agilidad, mantener una dirección compartida y permitir que cada parte adapte las decisiones a su contexto.
Los planes a largo plazo, en cambio, cumplen otra función. Definen una visión más estructural, ordenan prioridades, establecen compromisos y ayudan a sostener una dirección en el tiempo. Son necesarios para no actuar únicamente por reacción y para evitar que cada decisión inmediata vaya en una dirección distinta. Pero si se conciben como documentos rígidos, pueden perder capacidad de respuesta. Y si no se traducen en acciones, pueden quedarse demasiado lejos de la vida cotidiana.
La cuestión no es elegir entre guidelines o planes a largo plazo. La cuestión es entender qué aporta cada uno y cómo se relacionan. Y esto implica cambiar la manera de entender la planificación. Planificar no es sólo proyectar un futuro deseado, es construir las condiciones para que ese futuro pueda empezar a ocurrir.

Espacio y tiempo son las dos primeras dimensiones desde las que proponemos mirar un territorio. En la próxima entrega abordaremos las otras dos: los datos y la digitalización.