Dos capacidades de un territorio inteligente leídas a través de cuarenta años de datos europeos

En el modelo de capacidades territoriales que utilizamos en Materia Naranja hay una distinción básica: una cosa son los recursos de los que dispone un territorio y otra, muy distinta, las capacidades reales que tiene para utilizarlos con sentido.

No debemos confundir los medios con la inteligencia. Un territorio no es más inteligente por acumular sensores, plataformas, infraestructuras, financiación o proyectos piloto. Todo eso puede ser necesario, pero no es suficiente. La inteligencia territorial aparece cuando el sistema es capaz de utilizar esos recursos, aprender de lo que ocurre y convertir ese aprendizaje en mejores decisiones, mejores relaciones y mejores oportunidades. Esto se ve de forma clara al aplicar la inteligencia territorial al cambio social.

En general, dado nuestro foco en el individuo cuando hablamos de capacidades, tendemos a pensar que, si las personas se sienten más libres, más autónomas o con mayor control sobre su vida, el territorio será automáticamente más capaz. Pero esto no es siempre así.

La autonomía individual importa. Mucho. Pero no fabrica por sí sola capacidad colectiva.

Para demostrarlo, hemos examinado algunos de los datos que ofrece el Atlas of European Values a lo largo de más de cuatro décadas, a través de la comparación entre dos países europeos con modelos sociales muy distintos: España, como caso mediterráneo, y Suecia, como caso nórdico. Y hemos puesto el foco en tres indicadores:

  • La sensación de libertad de elección y control sobre la propia vida, es decir, la percepción subjetiva de agencia individual. Lo que constituiría el nivel micro de nuestro análisis.

  • La confianza interpersonal, o dicho de otro modo, hasta qué punto las personas consideran que se puede confiar en la mayoría de la gente. Lo que nos situaría en el nivel meso.

  • La confianza en los partidos políticos, como una aproximación a la legitimidad de las instituciones de intermediación política. Lo que pondría el foco en el nivel macro.

Lo interesante no está solo en cada indicador por separado, sino en lo que ocurre cuando se leen juntos.

Así, en el plano individual, España se ha acercado mucho a Suecia. En 2024, la sensación de libertad de elección y control sobre la propia vida se sitúa en 75,9 en España y 77,8 en Suecia. La distancia es ya muy pequeña, sobre todo si se compara con la brecha existente en décadas anteriores.

Si el análisis se detuviera aquí, podríamos concluir que ambas sociedades han convergido. Pero no se detiene ahí.

Cuando pasamos del individuo al vínculo social, la distancia reaparece. En 2024, la confianza interpersonal alcanza el 47,9 en España frente al 67,9 en Suecia. La brecha seguía siendo de veinte puntos. Y no es un dato aislado: durante las últimas cuatro décadas, la distancia se ha mantenido entre veinte y treinta y cinco puntos.

Cuando pasamos al plano institucional, la diferencia es todavía más clara. La confianza en los partidos políticos se sitúa en 18,5 en España frente a 44,1 en Suecia. Además, mientras Suecia muestra una evolución ascendente, España permanece prácticamente estancada.

Y esta es la cuestión. España se aproxima a Suecia en percepción de autonomía individual, pero sigue lejos en confianza social e institucional. Y eso tiene una lectura muy relevante desde el modelo de capacidades territoriales, que también es aplicable a otros modelos colectivos (como los de las empresas). Las capacidades individuales no presuponen capacidades del colectivo.

Pensemos en un equipo de fútbol con grandes jugadores que no entrena de forma conjunta ni se entiende. Cada uno rinde por separado, pero el conjunto no gana partidos. Por ello, la percepción de autonomía, por sí sola, no construye un territorio capaz. Para que la agencia individual se convierta en acción colectiva hacen falta otras capacidades y, más concretamente, la capacidad de vinculación y la de gobernanza (o de dirección y articulación).

La capacidad de vinculación y la capacidad de dirección y articulación

En el modelo desarrollado por Materia Naranja, la capacidad de vinculación es la capacidad de un territorio para generar, sostener y fortalecer vínculos entre las personas y entre éstas y las instituciones. Incluye diversos aspectos, tales como inclusión, interacción, participación, colaboración y capital social. La confianza interpersonal forma parte de esa capacidad.


Y aquí el contraste entre España y Suecia resulta especialmente interesante. España no es una sociedad sin relaciones. Al contrario. Existe una fuerte sociabilidad vinculada al círculo próximo: familia, amistades, conocidos. Es lo que Putnam llamaría confianza vinculante. El problema aparece cuando se trata de confiar más allá de ese entorno inmediato: en personas desconocidas, distintas o alejadas del propio círculo. Esa confianza puente es la que permite cooperar a mayor escala, construir proyectos compartidos y sostener sistemas complejos.


Dicho de otra manera: no basta con tener vínculos fuertes dentro de los círculos cercanos. Un territorio necesita también vínculos capaces de cruzar fronteras sociales, organizativas e institucionales.


La otra capacidad directamente implicada es la capacidad de dirección y articulación del sistema, es decir, la gobernanza. La confianza en los partidos políticos no agota la confianza institucional. Tampoco mide toda la gobernanza de un territorio. Pero sí ofrece una señal relevante sobre la legitimidad de las instituciones que median entre ciudadanía y sistema político.


Y aquí los datos también son claros: España mantiene niveles muy bajos y muy estables de confianza en los partidos políticos, mientras Suecia mejora de forma significativa.

Esto no permite establecer causalidades simples. Pero sí permite formular una hipótesis importante para el análisis territorial: cuando la confianza institucional es débil, resulta más difícil articular actores, sostener decisiones, coordinar esfuerzos y convertir demandas dispersas en proyectos colectivos.

La gobernanza no es solo diseño institucional. No es solo crear mesas, planes, órganos o estrategias. Es también construir credibilidad suficiente para que los actores acepten coordinarse, participar y sostener decisiones en el tiempo.


Por eso, el dato de confianza institucional importa. No porque explique todo, sino porque muestra una de las condiciones que facilitan o dificultan la articulación del sistema.

La lección de fondo es sencilla, pero tiene consecuencias importantes: las capacidades no son sustituibles entre sí.

Evidentemente, conviene leer los datos con prudencia. Un indicador de encuesta no mide toda una capacidad. La confianza interpersonal no agota la vinculación. Y la confianza en partidos políticos no agota la gobernanza.

La vinculación incluye también cuestiones como la inclusión, la interacción, la participación, la colaboración o la creación de redes formales e informales. La gobernanza, por su parte, incluye otras como la legitimidad, la transparencia, la coordinación multinivel, la capacidad de implementación o la equidad territorial.

Pero los indicadores sí permiten ver algo importante: una sociedad puede avanzar en autonomía individual y seguir mostrando debilidades relevantes en las capacidades relacionales e institucionales que permiten transformar esa autonomía en acción colectiva.


Para quienes diseñan políticas territoriales, esto tiene una consecuencia práctica. No basta con fortalecer al individuo. Tampoco basta con dotar al territorio de recursos, infraestructuras o tecnología. Hay que trabajar deliberadamente las capacidades que permiten convertir esos recursos y esa agencia individual en cooperación, confianza, implementación y desarrollo compartido.


Un territorio inteligente necesita construir vínculos suficientemente amplios y estructuras suficientemente creíbles para que las capacidades individuales puedan convertirse en capacidad colectiva.

Porque la autonomía individual es una condición importante. Pero no construye, por sí sola, territorio.