Foro de las ciudades. Las cuatro dimensiones de los territorios (III): digitalización y datos
En el artículo anterior abordamos el espacio y el tiempo como dos dimensiones esenciales para comprender y transformar los territorios: el espacio determina dónde ocurren las cosas y cómo se relacionan los distintos actores; el tiempo, con qué ritmo avanzan, se consolidan o desaparecen.
Pero hoy los territorios también se construyen a partir de aquello que la tecnología permite hacer y de la información con la que decidimos interpretarlos. La digitalización amplía, automatiza o transforma las formas de actuar, mientras que los datos determinan qué parte del territorio podemos observar, comprender y convertir en objeto de decisión.
Ambas dimensiones están estrechamente relacionadas, pero no son neutras ni constituyen un fin en sí mismas. Su valor depende de las preguntas a las que respondan, de los objetivos que persigan y del tipo de territorio que contribuyan a construir.

LA DIGITALIZACIÓN y la coreografía de lo posible
La digitalización consiste en trasladar información de un formato físico a un entorno digital. Sin embargo, esto puede responder a dos objetivos muy diferentes.
- Puede utilizarse para sistematizar y automatizar procesos, datos y relaciones, con el objetivo de reducir costes, tiempos o errores. En ese caso, la digitalización persigue fundamentalmente mejorar la eficiencia.
- Puede convertirse en una oportunidad para reconsiderar los procesos, las relaciones y los datos que necesitamos para alcanzar un determinado resultado. Por ejemplo, reducir la soledad no deseada, mejorar la transparencia pública o transformar algunos servicios.

En este segundo caso, además de hacer mejorar lo que ya hacíamos, nos preguntamos si aquello que hacíamos era realmente lo adecuado, lo que nos sitúa en el terreno de la eficacia.
La diferencia es importante. En un mundo especialmente preocupado por la eficiencia, se corre el riesgo de digitalizar procesos para que funcionen de manera más rápida y económica sin cuestionar si esos procesos contribuyen verdaderamente al objetivo perseguido.
Así, podemos terminar haciendo de manera muy eficiente algo que resulta poco eficaz o que quizá, ya, ni siquiera tiene sentido.
La oportunidad de reimaginar
Puesto que la automatización y la mejora de la eficiencia son los usos más habituales de la digitalización (y, en ocasiones, los únicos), nos interesa detenernos en su otra posibilidad: utilizarla para reimaginar.
Antes de digitalizar un proceso, un territorio puede preguntarse por qué existe, qué problema pretende resolver, a quién sirve y qué resultado debería producir.
Una vez definido el objetivo de la digitalización, es posible reimaginar el proceso completo: qué información necesitamos, cómo obtenerla, qué tratamiento debe recibir, qué impacto esperamos generar, qué actores deben participar y qué decisiones se tomarán a partir de ella. No se trata de replicar en un entorno digital los procesos existentes. Se trata de diseñar un modelo mejor y con más sentido que tenga en cuenta las herramientas existentes y las posibilidades que ofrecen.

Las ciudades ofrecen numerosos ejemplos de la diferencia entre digitalizar y reimaginar.
Convertir un trámite municipal en un formulario electrónico es digitalizar. El ciudadano ya no tiene que desplazarse, la documentación se procesa con mayor rapidez y la Administración puede automatizar parte de la gestión. Pero, en muchos casos, el procedimiento sigue siendo exactamente el mismo: se solicitan los mismos datos, se exigen los mismos documentos y se obliga al ciudadano a comprender cómo está organizada internamente la Administración.
Reimaginar implica partir de la necesidad que se quiere resolver. ¿Por qué debe una persona aportar información que la Administración ya posee? ¿Por qué tiene que dirigirse a departamentos diferentes para resolver un mismo problema? ¿Por qué debe conocer qué ayuda puede solicitar en lugar de ser informada cuando cumple los requisitos? La tecnología puede servir entonces para anticipar necesidades, reutilizar datos ya disponibles, simplificar requisitos y organizar los servicios alrededor de las situaciones de las personas, y no de la estructura administrativa.
Es entonces cuando se produce la transformación digital. La tecnología no es lo que define la transformación, sino que la transformación se hace posible gracias a la tecnología.
La diferencia reside en dejar de reproducir digitalmente un procedimiento que quizá ya no tiene sentido, mucho más que en el hecho de sustituir el papel por una pantalla.
Cocrear para ampliar lo posible
Reimaginar exige también ampliar las perspectivas desde las que se define el problema y se diseña la respuesta.
La mayor parte de los territorios continúa trabajando mediante una relación predominantemente descendente: la administración diseña y la ciudadanía recibe. Este modelo permite ordenar y ejecutar, pero limita la incorporación de conocimientos, experiencias y necesidades que la administración no siempre puede observar desde dentro.
Incorporar a quienes habitan y utilizan la ciudad antes de que las soluciones estén diseñadas permite partir de necesidades reales, que en ocasiones pueden estar alejadas del imaginario de la propia administración. Quien desconoce las limitaciones normativas, tecnológicas o competenciales tiene, además, menos impedimentos para imaginar posibilidades diferentes.
Esto supone incorporar la perspectiva de la ciudadanía antes de que las soluciones estén diseñadas, sin que ello implique trasladarle toda la responsabilidad del diseño.
Trabajar desde un modelo compartido, en el que Administración, la ciudadanía y otros actores del territorio combinen conocimientos, preocupaciones e intereses permite construir soluciones que difícilmente surgirían de cada uno de ellos por separado. Además de mejorar las respuestas públicas, este proceso puede ayudar a identificar nuevos desafíos (tecnológicos y no tecnológicos) capaces de movilizar conocimiento, empresas e inversión y de posicionar al territorio alrededor de capacidades propias.
La tecnología necesaria, no la última tecnología
Reimaginar los procesos no implica dejar en segundo plano la eficiencia. El nuevo diseño debe optimizar los procesos, las relaciones y los sistemas necesarios para alcanzar el resultado perseguido.
También exige revisar y actualizar las soluciones implantadas para evitar que, con el tiempo, se vuelvan ineficaces o ineficientes. Pero esta actualización no debería confundirse con una carrera permanente por incorporar la última tecnología disponible.
La tecnología más avanzada no es necesariamente la más adecuada. La cuestión no es cuánto puede digitalizar un territorio, sino qué tecnología necesita para transformar aquello que ha decidido cambiar.
LOS DATOS y la partitura de lo visible
Los datos tampoco son el objetivo. Son una representación simbólica de los territorios que, por sí sola, carece de sentido. Antes de recopilarlos, es necesario definir para qué se necesitan, quién va a utilizarlos, cuáles son los más adecuados, cómo deben obtenerse y si el valor que pueden generar compensa el coste de recogerlos y mantenerlos. Puesto que de la elección de esos datos se desprenderá el tipo de territorio que veremos y, como consecuencia, sobre el que actuaremos.
Algunos territorios ya cuentan con un punto de partida en sus planes estratégicos, agendas urbanas o líneas de actuación, pero deben traducir esos objetivos y desafíos en variables concretas, observables y medibles, e identificar para quién se generan los datos y qué forma deben adoptar para resultar realmente útiles. Solo entonces tiene sentido decidir qué datos recopilar y qué sistema de digitalización es el más adecuado para obtenerlos, tratarlos y utilizarlos.
Medir lo importante no es medir lo más fácil
Si hemos hecho bien la labor previa, los datos necesarios no siempre serán los más fáciles de recoger. Así, en una ciudad resulta relativamente sencillo medir el tráfico, el consumo energético, la ocupación de una calle o el número de personas que utilizan un servicio. Es mucho más difícil convertir en datos la confianza entre vecinos, la calidad de una relación comunitaria, la sensación de pertenencia o la capacidad de una red local para responder ante una crisis.
Y esto supone un gran riesgo: acabar construyendo la imagen de la ciudad a partir de aquello que resulta más fácil medir, en lugar de a partir de aquello que resulta más importante conocer. Lo que no se mide puede dejar de formar parte del diagnóstico. Y lo que no forma parte del diagnóstico difícilmente será tenido en cuenta al asignar recursos, diseñar políticas o evaluar resultados.
Los mecanismos de medición también importan
Una vez decidido qué medir, entra en juego el mecanismo de medición. Y ese mecanismo tampoco es neutro.
Cada tecnología establece categorías, permite unas operaciones determinadas y condiciona las preguntas que podemos formular. No se limita a observar la realidad: contribuye a darle forma e impone una determinada mirada sobre el territorio.

Determinados usos de los gemelos digitales lo muestran con claridad. De este modo, cuando representan a las personas únicamente como puntos que siguen trayectorias, pueden resultar muy útiles para estudiar flujos, densidades o desplazamientos. Sin embargo, dejan fuera su autonomía, su capacidad de improvisación o las posibilidades de modificar su comportamiento.
El modelo no es necesariamente incorrecto. Es limitado. El problema aparece cuando los límites de la representación se confunden con los límites de la propia ciudad. Por ello, escoger los mecanismos adecuados de recolección y tratamiento de datos, así como introducir a los actores adecuados es importante.
Los datos son un coste real
Tanto desde el punto de vista de la renuncia que supone la elección de un tipo de datos frente a otros, a la hora de diseñar el futuro del territorio; como desde el punto de vista puramente económico, los datos son un coste muy elevado.
Aunque vivamos en un mundo que genera millones de datos a cada segundo, obtenerlos, limpiarlos, actualizarlos, almacenarlos, conectarlos e interpretarlos es una elevada carga. Por ello, antes de lanzarse a obtener datos, hay que valorar si el valor que van a generar supera al coste de mantenerlos.
La pregunta adecuada no es cuántos datos podemos obtener, sino cuáles necesitamos para comprender mejor el territorio y actuar sobre él.
Las cuatro dimensiones (tiempo, espacio, digitalización y datos) no operan por separado. Cada decisión sobre una de ellas modifica las demás y, con ello, las posibilidades reales de transformación del territorio.
Una estrategia puede ser ambiciosa, pero fracasar si no encuentra la escala adecuada, si los tiempos de la administración no permiten avanzar, si la tecnología reproduce procesos obsoletos o si los datos ofrecen una visión parcial de la realidad. Del mismo modo, una buena solución tecnológica o una gran cantidad de información no compensan la ausencia de una dirección compartida.
El reto no está, por tanto, en incorporar cada vez más herramientas, planes o sistemas, sino en tomar decisiones coherentes entre sí y sostenidas por una comprensión profunda del territorio.
Porque repensar una ciudad no consiste en imaginarla desde cero. Consiste en reconocer lo que ya es, comprender cómo funciona y crear las condiciones para que pueda llegar a ser algo más.